¿Sabías que un antibiótico tarda años en llegar a las farmacias? Descubre
cómo se crea uno
Fernando Juárez Vallejo
Universidad Autónoma de Querétaro
José Antonio Cervantes Chávez
Universidad Autónoma de Querétaro
Héctor Paul Reyes Pool
Universidad Autónoma de Querétaro
Resumen
Los antibióticos son esenciales para tratar infecciones y sostener gran parte de la medicina moderna, pero su uso inadecuado ha favorecido la aparición de bacterias resistentes, conocidas como “superbacterias”. Para enfrentarlas, la ciencia ha buscado nuevos compuestos en microorganismos de la naturaleza y también ha modificado antibióticos existentes mediante semisíntesis, una estrategia que permite mejorar sus propiedades y superar algunos mecanismos de defensa bacteriana. Entre las amenazas más importantes se encuentran las bacterias del grupo ESKAPE, capaces de resistir múltiples tratamientos. Sin embargo, desarrollar un nuevo antibiótico puede tardar entre 10 y 15 años y requerir inversiones muy elevadas, lo que limita el interés comercial. Frente a este desafío, la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta prometedora, ya que permite analizar millones de moléculas en poco tiempo y acelerar la identificación de candidatos, como ocurrió con la halicina. Comprender cómo se descubren, diseñan y protegen estos medicamentos es clave para preservar su eficacia y enfrentar la resistencia bacteriana.Introducción
Imagine un mundo donde un simple corte al afeitarse, un rasguño jugando en el jardín o una infección
de garganta común pudieran ser sentencias de muerte. Ese mundo no es una fantasía de ciencia
ficción; fue la realidad de la humanidad durante milenios, hasta hace menos de un siglo. Vivimos en
una burbuja de seguridad sanitaria gracias al descubrimiento de los antibióticos, una piedra angular
de la medicina moderna. Sin ellos, las cirugías complejas, los trasplantes de órganos y la
quimioterapia contra el cáncer serían mucho más peligrosos debido al riesgo de contraer una
infección.
Sin embargo, esta seguridad es frágil. Estamos inmersos en una “carrera armamentista”
invisible y
evolutiva. El uso masivo e indiscriminado de estos fármacos ha favorecido la selección de bacterias
resistentes, capaces de sobrevivir a tratamientos que antes las eliminaban, y ha contribuido a la
aparición de “superbacterias” resistentes a múltiples antibióticos. Ante esta amenaza, la ciencia
debe responder a una pregunta urgente: ¿cómo se desarrollan nuevos antibióticos?
El legado de la casualidad y la plataforma Waksman
Para entender cómo desarrollamos antibióticos hoy, debemos mirar al pasado. La historia nos cuenta
que Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928 por un descuido: un hongo (Penicillium
notatum) contaminó sus placas de cultivo e inhibió el crecimiento de las bacterias Staphylococcus
que él estudiaba. Este descubrimiento trascendió cuando pasó de ser una simple curiosidad de
laboratorio y se convirtió en un medicamento aplicable a la población para controlar infecciones.
Históricamente, la gran mayoría de nuestros antibióticos no fueron “inventados”, sino
“descubiertos”. Sin notarlo, el suelo bajo nuestros pies es un campo de batalla químico. Durante
millones de años, las bacterias y los hongos han competido por nutrientes, desarrollando sustancias
químicas para eliminar a la competencia.
Sin embargo, en la naturaleza, estos microorganismos raramente viven solos; al contrario,
forman
comunidades llamadas “consorcios microbianos”, donde la cooperación y la competencia química ocurren
simultáneamente. Muchas veces, una bacteria no produce un antibiótico a menos que se sienta
amenazada por la presencia de otra especie vecina. Este fenómeno ha llevado a la ciencia moderna a
estudiar no solo microbios aislados, sino también estas interacciones grupales para “despertar”
genes que normalmente están inactivos en condiciones óptimas de laboratorio.
Este “despertar” es un desafío técnico considerable; los científicos pasan años
experimentando con
diferentes combinaciones de estrés y nutrientes —el equivalente biológico a buscar la frecuencia
exacta de una radio— para que la bacteria finalmente revele su secreto químico. Este cuello de
botella inicial explica por qué, de miles de muestras de suelo, solo una fracción ínfima llega a la
siguiente fase.
El método clásico para encontrar estas sustancias se conoce como la plataforma Waksman, en
honor a
Selman Waksman, quien lideró investigaciones que condujeron al descubrimiento de la estreptomicina y
contribuyó a popularizar el término “antibiótico”. El proceso, aunque laborioso, es elegante en su
lógica:

Figura 1. Paso a paso de la plataforma Waksman: 1) muestreo de suelo, 2) aislamiento de bacterias, 3) pruebas de actividad contra patógenos mediante halos de inhibición y 4) obtención del compuesto antibiótico. Ilustración: concepto del autor, creada con apoyo de Google Gemini.
Ingeniería molecular y el nacimiento de las generaciones de antibióticos
Dado que descubrir moléculas antibióticas nuevas se ha vuelto extremadamente difícil, la ciencia
farmacéutica adoptó una estrategia diferente: la semisíntesis, que consiste en modificar
químicamente una molécula obtenida de una fuente natural. En lugar de buscar una llave nueva,
tomamos la llave vieja y la limamos para que abra el nuevo cerrojo. Esta estrategia ha permitido
desarrollar numerosos antibióticos derivados de compuestos conocidos.
Los científicos identifican la estructura central del antibiótico, llamada andamio
molecular, que es
esencial para su función. Luego, modifican químicamente los grupos laterales, las “ramas” que salen
del andamio, para alterar sus propiedades.
El ejemplo por excelencia son los antibióticos denominados beta-lactámicos, una familia de
fármacos
que incluye a las penicilinas, las cefalosporinas y los carbapenémicos. Todos comparten en su
estructura un anillo de cuatro átomos llamado “anillo beta-lactámico”. Este anillo es esencial para
impedir que las bacterias construyan adecuadamente su pared celular. En consecuencia, las bacterias
quedan debilitadas y pueden romperse por la presión osmótica, es decir, la presión generada por el
movimiento del agua a través de su membrana. Las modificaciones químicas realizadas a estos
compuestos han dado origen a diferentes familias y generaciones de antibióticos. Es importante
señalar que las generaciones se utilizan especialmente para clasificar a las cefalosporinas y no
constituyen una secuencia única aplicable a todos los beta-lactámicos. A continuación, se presentan
dos ejemplos de la evolución de las penicilinas:
La penicilina G fue revolucionaria, pero presenta limitaciones. El ácido del estómago puede
inactivarla, por lo cual se administra principalmente por vía inyectable. Además, tiene actividad
limitada frente a ciertas bacterias, en particular algunas Gram-negativas, que poseen una membrana
externa adicional que dificulta la entrada de determinados antibióticos.
La ampicilina y la amoxicilina surgieron de modificaciones químicas de la estructura de la
penicilina. Estos cambios permitieron obtener fármacos que pueden administrarse por vía oral y que
tienen un espectro de acción más amplio, incluida la actividad frente a algunas bacterias
Gram-negativas. La amoxicilina, por ejemplo, presenta una absorción oral favorable [2].
El rostro de la amenaza: el grupo de superbacterias ESKAPE
Cuando hablamos de “superbacterias”, los científicos suelen referirse a bacterias que han
desarrollado resistencia a múltiples antibióticos. Un grupo especialmente importante en los
hospitales es ESKAPE, un acrónimo que agrupa a seis patógenos de gran relevancia clínica:
Enterococcus faecium, Staphylococcus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii,
Pseudomonas aeruginosa y especies de Enterobacter. Estas bacterias pueden causar infecciones
difíciles de tratar y representan un desafío para los sistemas de salud [3].
Estos patógenos han perfeccionado el arte de la supervivencia. Por ejemplo, algunas variantes de
Staphylococcus aureus son resistentes a la meticilina, un antibiótico que antes era eficaz para
controlar muchas infecciones causadas por esta bacteria. De igual manera, otras bacterias han
desarrollado las denominadas “bombas de eflujo”, proteínas localizadas en su membrana que actúan
como pequeños motores que “expulsan” el antibiótico fuera de la célula antes de que este pueda
causar daño. Entender estas tácticas es vital para que los químicos diseñen moléculas que no sean
detectadas o expulsadas.
La guerra de las tijeras moleculares
¿Por qué necesitamos nuevas generaciones de antibióticos? Porque las bacterias contraatacan. Muchas
bacterias producen enzimas llamadas beta-lactamasas, proteínas que actúan como tijeras moleculares
al romper el anillo beta-lactámico y desactivar el fármaco antes de que pueda actuar.
En respuesta, los científicos han desarrollado cefalosporinas de distintas generaciones,
como la
ceftriaxona, que pertenece a la tercera generación, y la cefepima, de cuarta generación. Algunas
modificaciones del andamio incorporan grupos químicos que dificultan el acceso de determinadas
beta-lactamasas al anillo vital. Sin embargo, no todas las cefalosporinas son resistentes a todas
estas enzimas. Es un juego interminable del gato y el ratón: nosotros mejoramos el escudo y, en
respuesta, las bacterias desarrollan nuevas formas de defensa (Figura 2).

Figura 2. Mecanismo de acción de un antibiótico beta-lactámico y resistencia bacteriana. Arriba (flecha angosta): las bacterias producen beta-lactamasas, “tijeras moleculares” que rompen el anillo beta-lactámico y desactivan el antibiótico. Abajo (flecha gruesa): el rediseño químico del antibiótico puede dificultar la acción de determinadas beta-lactamasas y conservar su actividad. Ilustración: concepto del autor, creada con apoyo de Google Gemini.
El valle de la muerte: entre lo económico y lo regulatorio
A pesar de estos emocionantes avances científicos, hay una barrera final que no es biológica, sino
económica y regulatoria. Una vez descubierta una molécula prometedora, esta debe atravesar lo que la
industria llama “valle de la muerte”, el periodo en el que muchos proyectos no logran avanzar desde
la investigación inicial hasta convertirse en medicamentos disponibles (Figura 3).
Llevar un antibiótico desde el laboratorio hasta la farmacia puede tomar entre 10 y 15 años
y
requerir inversiones de cientos de millones o incluso más de mil millones de dólares, según el
proyecto y la forma de calcular los costos. El proceso se divide en fases estrictas:
El problema es el retorno de inversión. Un antibiótico suele administrarse durante un periodo relativamente corto y, cuando funciona, el paciente deja de necesitarlo. En contraste, muchos medicamentos para controlar enfermedades crónicas, como la diabetes o la hipertensión arterial, se utilizan durante años. Esto hace que el desarrollo de antibióticos resulte menos atractivo para algunas grandes farmacéuticas. Además, los nuevos antibióticos deben utilizarse con prudencia para retrasar la aparición de resistencia, lo que puede limitar sus ventas. Muchas empresas han reducido o abandonado sus programas de investigación en este sector, dejando parte de la innovación en manos de pequeñas empresas biotecnológicas y universidades que a menudo enfrentan dificultades financieras antes de completar los ensayos clínicos [5].

Figura 3. Barreras económicas y regulatorias en el desarrollo de antibióticos: esquema del “valle de la muerte”, que muestra las etapas preclínica y clínicas, los costos de desarrollo y los obstáculos normativos que dificultan que un nuevo antibiótico llegue al mercado. Ilustración: concepto del autor, creada con apoyo de Google Gemini.
Inteligencia artificial, un nuevo aliado
La integración de la inteligencia artificial (IA), tecnología que permite a las computadoras
identificar patrones y realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, ha marcado un
punto de inflexión en la farmacología moderna. Esto permite que la búsqueda de nuevos compuestos no
dependa exclusivamente de la intuición humana o de la suerte en el laboratorio. Mediante el uso de
modelos de aprendizaje profundo (deep learning), una técnica de IA que aprende patrones complejos a
partir de grandes cantidades de datos, los científicos pueden analizar bibliotecas digitales que
contienen millones de moléculas en apenas unos días, un proceso que mediante pruebas experimentales
individuales podría tomar mucho más tiempo. Estos algoritmos son entrenados para reconocer patrones
químicos sutiles asociados con la inhibición del crecimiento de patógenos, permitiendo explorar
regiones del “espacio químico”, es decir, el conjunto de estructuras moleculares posibles, que antes
resultaban difíciles de investigar.
El caso más emblemático de este avance es el descubrimiento de la halicina, un compuesto con
actividad antibiótica identificado mediante un enfoque de aprendizaje profundo. Los investigadores
entrenaron una red neuronal, un modelo computacional inspirado en la organización de las neuronas,
para predecir la actividad antibacteriana a partir de la estructura molecular, sin depender
únicamente de las ideas previas sobre cómo “debería” verse un antibiótico. El resultado fue el
hallazgo de una molécula que, aunque inicialmente se estudió para fines distintos, demostró
actividad contra bacterias altamente resistentes a antibióticos en estudios de laboratorio y modelos
animales, abriendo así una nueva puerta a estructuras químicas innovadoras [6].
Esta frontera tecnológica no solo acelera la fase inicial de descubrimiento, sino que puede
actuar
como un filtro para evitar que moléculas con alta probabilidad de fracaso entren al costoso “valle
de la muerte”. Al combinar la capacidad computacional con el diseño de moléculas átomo por átomo, la
IA permite ganar tiempo valioso en la carrera evolutiva contra las bacterias. Sin embargo, sus
predicciones deben confirmarse mediante experimentos y ensayos clínicos. En un contexto donde la
eficacia de cada nuevo fármaco puede verse limitada por la aparición de resistencia, el uso de estas
herramientas digitales se vuelve cada vez más importante para asegurar que la medicina moderna no se
quede sin opciones frente a las superbacterias [7].
La creación de nuevos antibióticos es una de las hazañas más sofisticadas de la ciencia
moderna. Es
una disciplina que navega entre la exploración de la biodiversidad microbiana profunda y el diseño
de moléculas átomo por átomo. Mientras algunos científicos, con el reloj en contra, siguen diseñando
moléculas a partir de las estructuras químicas existentes para crear nuevas generaciones de
fármacos, otros intentan ganar tiempo apostando por abrirle la puerta a estructuras con potencial
antibiótico nunca antes imaginadas [6].
Sin embargo, la ciencia no ocurre en el vacío. La crisis de resistencia antibiótica no se
resolverá
solo con nuevas moléculas; requiere un cambio en el modelo económico que incentive su desarrollo y,
sobre todo, una conciencia global sobre su conservación. Cada nuevo antibiótico es un recurso cuya
eficacia debemos proteger; desde el momento en que se utiliza, existe la posibilidad de que las
bacterias desarrollen resistencia. Entender el titánico esfuerzo que conlleva crearlos es el primer
paso para valorarlos como lo que realmente son: un tesoro prestado que debemos proteger.
Agradecimiento: al Fondo para el Fortalecimiento de la Investigación, Vinculación y Extensión (FONFIVE), proyecto FNB202537, para J. A. C. Ch.
Referencias