¿Para quién innovamos?
Sesgos de género en la investigación y el
desarrollo tecnológico en salud
Dra. Nelly Gordillo Castillo
Universidad Autónoma de Ciudad Juarez
Resumen
La innovación en salud no siempre es neutral. Históricamente, el cuerpo masculino ha sido utilizado como referencia en la investigación biomédica, lo que ha influido en el diseño de estudios, dispositivos médicos y tecnologías sanitarias. Este artículo analiza evidencia científica que muestra cómo la subrepresentación de mujeres en la investigación, la interpretación inadecuada de datos y la falta de diversidad en los equipos de innovación pueden generar tecnologías menos adecuadas para parte de la población. A partir de ejemplos en farmacovigilancia, dispositivos médicos e inteligencia artificial, se discuten los riesgos de estos sesgos y la importancia de incorporar una perspectiva de género para desarrollar tecnologías de salud más seguras, inclusivas y efectivas.
Introducción
En medicina, los avances tecnológicos suelen asociarse con procedimientos cada vez más rápidos, precisos y menos invasivos. Sin embargo, no todos los diagnósticos médicos han seguido ese mismo camino.La ciencia que se produce depende de quién investiga
Una de las primeras pistas para entender este fenómeno aparece al observar quién participa en la producción científica. A nivel mundial, menos del 30 % de las personas que se dedican a la investigación son mujeres [1]. Esta subrepresentación no solo afecta la equidad en las carreras científicas; también influye en qué problemas se consideran prioritarios y qué preguntas se investigan (Figura 1).

Diversos estudios han mostrado que cuando las mujeres participan activamente en equipos de
innovación, aumenta la probabilidad de desarrollar tecnologías relacionadas con problemas de salud
que afectan principalmente a mujeres. Por ejemplo, un análisis de patentes biomédicas encontró que
los equipos de inventoras tienen un 35 % más de probabilidades de generar innovaciones enfocadas
en
salud femenina [2].
Cuando ciertos grupos están ausentes de los espacios donde se toman decisiones científicas o
tecnológicas, sus necesidades pueden quedar fuera de la agenda de investigación. En otras palabras,
la diversidad en los equipos de investigación no es solo una cuestión de justicia social; también es
un factor que determina qué tipo de innovación llega finalmente a la sociedad.
El denominador importa en la interpretación de los datos científicos
El sesgo de género también puede aparecer en la manera en que se interpretan los datos científicos. Un ejemplo interesante proviene del estudio de los eventos adversos asociados a medicamentos.Dispositivos médicos diseñados para un “cuerpo estándar”
El diseño de dispositivos médicos también refleja este problema (Figura 2). Durante décadas, muchos productos se desarrollaron utilizando datos provenientes principalmente de hombres.
El nuevo desafío de la inteligencia artificial
El desarrollo de sistemas de inteligencia artificial en medicina abre nuevas oportunidades, pero
también nuevos riesgos. Los algoritmos aprenden a partir de los datos disponibles, y si esos datos
contienen sesgos históricos, el sistema puede reproducirlos o incluso amplificarlos.
Por ejemplo, si un algoritmo se entrena principalmente con datos de pacientes masculinos,
es posible
que su desempeño sea menos preciso al evaluar a pacientes femeninas. Esto ya se ha observado en
algunos sistemas de reconocimiento facial y en modelos de predicción clínica.
Por esta razón, varios investigadores proponen integrar marcos de derechos humanos en la
gobernanza
de la inteligencia artificial. Estos marcos permiten evaluar los posibles impactos de la tecnología
en diferentes grupos sociales a lo largo de todo el ciclo de vida del sistema, desde el diseño hasta
su implementación [5].
No obstante, los expertos advierten que mencionar principios éticos no es suficiente. Para
evitar la
discriminación tecnológica se requieren mecanismos concretos de supervisión, auditoría y
transparencia.
Cuando la evidencia tarda en llegar
Otro ejemplo interesante proviene de los estudios sobre posibles cambios menstruales asociados a las
vacunas contra COVID-19. En los primeros meses de la pandemia, numerosos reportes informales
mencionaron alteraciones en el ciclo menstrual después de la vacunación. Sin embargo, estos reportes
fueron inicialmente considerados anecdóticos o insuficientes como evidencia científica.
Posteriormente, al acumularse miles de informes en sistemas de farmacovigilancia, algunas
agencias regulatorias comenzaron a investigar el fenómeno con mayor detalle. Con el tiempo, el
sangrado menstrual abundante fue reconocido como un posible efecto adverso poco frecuente y
se
actualizó la información del producto para reflejar esta posibilidad [6].
Este caso no cuestiona la seguridad general de las vacunas —que han demostrado ser altamente
efectivas y seguras—, pero sí ilustra cómo ciertos problemas de salud pueden tardar más en ser
reconocidos cuando no encajan fácilmente dentro de los modelos tradicionales de investigación
clínica.
Innovar con equidad
La evidencia científica muestra que los sesgos de género pueden aparecer en múltiples etapas del
proceso de innovación: en la formulación de preguntas de investigación, en el diseño de estudios
clínicos, en el desarrollo de dispositivos médicos o en la implementación de algoritmos de
inteligencia artificial.
Afortunadamente, también existen estrategias para reducir estos problemas. Entre ellas se
encuentran:
Una pregunta necesaria
La ciencia y la tecnología tienen un enorme potencial para mejorar la calidad de vida. Sin embargo,
para aprovechar plenamente ese potencial es necesario reconocer que la innovación no ocurre en el
vacío: se desarrolla dentro de contextos sociales, culturales y políticos.
Cuando la investigación incorpora diversidad en los equipos científicos, rigor metodológico
en el análisis de datos y una perspectiva inclusiva en el diseño tecnológico, las soluciones que
emergen tienen el potencial de beneficiar a un mayor número de personas.
Innovar con equidad no significa solo desarrollar tecnologías más sofisticadas, sino
construir conocimiento científico que refleje mejor la diversidad de quienes habitan el mundo.
Tal vez el primer paso para lograrlo sea detenernos un momento y formular una pregunta tan
simple como profunda: ¿para quién estamos innovando?
Referencias