El mito de las personalidades múltiples: una historia de novela
Juan Carlos O'Farrill-Jiménez / Universidad Autónoma de Ciudad Juárez
Erick Vietnam Ibáñez-Martinez / Universidad Autónoma de Ciudad Juárez

Resumen

La idea de que varias personalidades pueden habitar un mismo cuerpo ha fascinado durante décadas a la literatura y al cine, pero ¿qué dice realmente la ciencia? Este artículo explora el origen de ese mito, desde el célebre caso de Sybil hasta sus representaciones en la cultura popular, y lo contrasta con los conocimientos actuales sobre el trastorno de identidad disociativo. A través de la historia clínica, la psicología y la neurociencia, se explica cómo algunas personas pueden experimentar alteraciones en la continuidad de su identidad, sus recuerdos y su percepción de sí mismas. Estas experiencias pueden relacionarse con situaciones traumáticas, aunque sus causas y mecanismos aún se investigan. Lejos de representar la existencia de varias personas independientes en un solo cuerpo, el trastorno permite comprender la complejidad de los procesos que integran nuestra experiencia personal. El texto invita a distinguir entre ciencia y ficción, a reducir los estigmas asociados con la salud mental y a reflexionar sobre nuestro profundo deseo de comprender quiénes somos.

Introducción

La cultura popular no ha logrado —habría que preguntarse siquiera si lo intentó— resistir a la fascinación que supone la idea de las personalidades múltiples. En tiempos de castillos y señores se hablaba de posesiones demoníacas; mientras que, en la modernidad, un mito se ha ido abriendo paso del diván a la literatura y de esta al celuloide: varias mentes pueden habitar a un mismo individuo. Alguien dividido entre luces y sombras propias parece escapar de vez en cuando de sí mismo, y a la vez quedar atrapado entre diversas intermitencias.

En El club de la pelea, un oficinista anónimo se consume en la sordidez de la violencia hasta descubrir que el amigo que había sacado su vida del tedio es la otra parte que habita su cuerpo sin que él sea capaz de percatarse. Pero El club es solo un eco lejano del origen. Sybil había marcado el verdadero punto de inflexión muchas décadas antes: un diagnóstico controvertido, una novela y la alusión a la Grecia que nos legara tantas metáforas; una combinación irresistible.

La neurociencia, sin embargo, tiene otra historia que contarnos. Por más que deseemos ser muchos a la vez, nuestra experiencia de identidad es más compleja de lo que parece. Compartir el cuerpo con un otro podría librarnos de esa soledad congénita con que llegamos, y con que vamos a marcharnos de este mundo. Pero el anhelo es más poético que científico. En este breve artículo pretendemos entender cuánto de ficción y cuánto de ciencia hay en esta historia que, desde hace ya varios siglos, ronda nuestras fantasías.

El nacimiento de un mito

Shirley Ardell Mason se acostó por primera vez —y seguiría haciéndolo por los próximos once años— en el diván de algún anónimo estudio en Nueva York, a mediados de la década de 1950. Detrás del espaldar no estaba sentado ningún vienés heredero del romanticismo germánico, sino una psiquiatra neoyorquina llamada Cornelia Wilbur. Las quejas de la paciente giraban en torno a la ansiedad, como solían hacerlo las de cada vez más pacientes, pero también habló de lapsos de memoria y de una irrealidad persistente que cada día la llevaba a dudar de su cordura. Para Wilbur, los signos hablaban de uno de los diagnósticos más misteriosos hasta entonces incluidos en los manuales: el “trastorno de personalidad múltiple”, que en el caso de Mason implicaba más de dieciséis identidades diferentes.

Primero notas de archivo, luego una novela y, por último, una película. El nombre de Shirley fue transmutado en Sybil: alusión al oráculo, a las múltiples voces que brotan de un cuerpo. La historia estaba llena de magnetismos que arrastraban la atención incluso de los menos curiosos [1]. Una mujer traumatizada, el resultado de una infancia llena de maltratos, se había defendido de la locura más profunda desarrollando otras personalidades, cada una sin más noticias de la otra que el leve regusto que dejan los sueños y algún que otro déjà vu —la sensación de haber vivido antes una situación— mal censurado. A veces era una niña temerosa, otras una adolescente rebelde; los mejores días, una mujer racional.

Sin embargo, detrás del efectismo vino cierto desencanto. Hay quien dice que la realidad siempre supera la ficción, pero también quien afirma que la cruda realidad se parece a veces a un desierto donde la única agua posible es la de los espejismos. Varias décadas después, una periodista metió sus narices por todas partes. No es difícil imaginarla —cual personaje cliché— con una pipa y una lupa, indagando en cartas, notas clínicas y concluyendo lo que, de pronto, podía tornarse elemental, míster Watson: a veces, no pocas, Shirley había fingido. Dependía emocionalmente de su terapeuta, consumía barbitúricos —medicamentos sedantes que pueden producir dependencia— y se llegó a sentir presionada. Lo peor no era que la propia paciente, en los documentos, se hubiera retractado de algunos de sus testimonios, sino que la investigación periodística cuestionó la existencia de pruebas suficientes para corroborar los abusos traumáticos y las dieciséis identidades descritas [2].

De cualquier modo, la cultura popular y las verdades científicas o forenses suelen ser trenes que viajan por caminos paralelos y que solo se cruzan de extrañas y muy convenientes maneras. En los años ochenta, los hospitales de Estados Unidos registraron un aumento de casos diagnosticados como personalidad múltiple. Traumas efectistas y otros tristemente reales poblaron más historias clínicas de las que era fácil imaginar. Cuánto había de realidad y cuánto de anhelo en todo aquello es difícil saberlo. El mito, de cualquier forma, ya había nacido.

De la novela al microscopio: el yo bajo el lente científico

Más allá de Hollywood, la posibilidad de un yo quebrado en varios fragmentos tiene sus raíces en la clínica de algunos de los psiquiatras más talentosos de la modernidad. En el científicamente optimista siglo XIX, una enfermedad se atrevió a desafiar el raciocinio y las certezas de los galenos. La histeria, término histórico que agrupaba síntomas físicos y psicológicos de distintas causas, se resistía a ser comprendida como una dolencia común, hasta que Jean-Martin Charcot contribuyó a demostrar que podían existir síntomas físicos sin una lesión orgánica aparente y que las mujeres ciegas, paralíticas o amnésicas internadas en el Hospital de la Salpêtrière no eran simples simuladoras [3]. Su discípulo, Pierre Janet, fue un poco más allá: la histeria no solo era una afección funcional del sistema nervioso, sino un problema de integración psíquica, es decir, de la capacidad de reunir pensamientos, recuerdos y experiencias en una vivencia coherente [4], como si piezas destinadas a estar juntas permanecieran separadas, como un archipiélago que se extiende a través del océano.

Unos años después, en medio de la revolución científica que había iniciado otro de los discípulos de Charcot —sí, claro, ese apellidado Freud—, Morton Prince, un psiquiatra estadounidense que, si bien se mostraba escéptico respecto al psicoanálisis, conocía a la perfección las ideas europeas sobre la disociación, publicó The Dissociation of a Personality [5]. En dicha obra relató el caso de “Sally Beauchamp”, una paciente que, como Shirley, parecía fluctuar de una identidad a otra. Prince, a diferencia de Wilbur, no creía que se tratase de varias personas, sino de una sola conciencia dividida. Pero su libro fue la materia prima de una fantasía que las personas hicieron suya y que varias décadas después resonó con toda su fuerza en el nombre de Sybil.

Las clasificaciones contemporáneas han intentado nombrar el fenómeno de distintas maneras. Trastorno de personalidad múltiple fue la elección durante cierto tiempo. Sin embargo, en la actualidad, tanto la versión revisada de la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5-TR) como la undécima edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) utilizan el menos efectista —y, a nuestro entender, más preciso— nombre de trastorno de identidad disociativo (TID). Este último implica dos o más estados de identidad, acompañados de discontinuidad del sentido de sí mismo y, de acuerdo con los criterios diagnósticos, alteraciones de la memoria que pueden incluir lagunas [6]. Pero, yendo más allá de las clasificaciones, lo que verdaderamente deseamos mostrar es el modo en que la ciencia ha cuestionado la ilusión cinematográfica de muchas personas independientes habitando un mismo cuerpo.

Los trastornos disociativos —antes incluidos, en parte, bajo el término de histeria— en general, y el TID en particular, se han asociado con experiencias traumáticas, aunque sus causas y mecanismos siguen siendo objeto de investigación. Teniendo eso en cuenta, es fácil pensar que la neurociencia del trauma tiene cosas que decirnos al respecto. Examinemos en particular el modo en que reaccionan tres estructuras o conjuntos de regiones ante este tipo de sucesos: la corteza cingulada anterior, involucrada en la regulación emocional y otros procesos cognitivos; el hipocampo, importante para organizar los recuerdos autobiográficos; y las regiones sensoriomotoras, donde se procesan sensaciones corporales y se prepara la respuesta motora.

Una práctica habitual en neurociencias para comprender lo que ocurre durante el recuerdo de eventos traumáticos es observar imágenes del cerebro mediante una técnica llamada resonancia magnética funcional, que permite estudiar cambios en la actividad cerebral a partir de variaciones en el flujo sanguíneo. En un estudio publicado en 2005 en Biological Psychiatry, Lanius y colaboradores investigaron la conectividad funcional —la relación entre la actividad de distintas regiones cerebrales— durante respuestas disociativas en personas con trastorno por estrés postraumático (TEPT), una condición que puede aparecer después de experimentar o presenciar acontecimientos traumáticos [7]. Sus resultados aportaron evidencia sobre alteraciones en la coordinación de redes cerebrales relacionadas con la experiencia disociativa.

Estos hallazgos sugieren que, en determinadas circunstancias, el cerebro puede procesar experiencias y reaccionar sin integrarlas de la manera habitual en una historia coherente. El sujeto puede experimentarse fragmentado en cada reacción, como si algo dificultara unir los pequeños pedazos del enorme rompecabezas que él mismo es. Esto no justifica pensar en múltiples personas independientes; si acaso, nos hace ver a una persona que podría estar defendiéndose del dolor a través de la ruptura de sus puentes. Algo que recuerda a lo que pensaba Janet, y con muy pocos puntos de contacto con las versiones más efectistas llegadas desde el cine.

Los muchos rostros del yo

Dentro de las aproximaciones psicodinámicas, que estudian cómo los procesos emocionales y las experiencias tempranas influyen en la vida mental, la moderna teoría de las relaciones de objeto ofrece una explicación complementaria. Melanie Klein, pionera de la terapia de juego y quien dedicó gran parte de su trabajo a comprender la mente de los niños muy pequeños, planteó la hipótesis de que la mente infantil no nace integrada. En los primeros meses, el bebé no interactúa con su madre como una persona completamente integrada, sino que, según esta teoría, experimenta aspectos parciales de ella —objetos parciales— que metafóricamente han quedado fijados como “el pecho bueno” y “el pecho malo”: una madre que alimenta y otra que no logra llegar siempre a tiempo, aun si es “suficientemente buena” [8].

A la vez, el bebé se percibe, saciado y hambriento, como dos estados distantes de sí mismo, casi como si fuese dos bebés diferentes. Ambas imágenes —la del otro y la suya propia— solo se irán integrando con el paso del tiempo, de acuerdo con esta perspectiva, aunque las experiencias traumáticas pueden dificultar ese proceso.

Philip Bromberg, estudioso contemporáneo de la disociación, retoma esta idea y propone que todos somos múltiples. Cada vivencia implica un particular “estado del self”, es decir, una forma de experimentarnos a nosotros mismos en un momento determinado [9]. Discutir con tu pareja trae a colación una determinada visión de ti y de la otra persona, muy diferente a la que emerge cuando, satisfecho, compartes un café y preguntas si le gusta la melodía de fondo. En la salud mental, el enojado y el amante aparecen sin ruptura: mientras discuto, no olvido que amo a esa persona, y eso me permite no destruirla. En la enfermedad disociativa, tales puentes pueden verse afectados.

Algo parecido sugiere la psicología social. La identidad se conforma en función de los roles sociales, pero esos roles cambian durante el día: hijo, pareja, maestro, terapeuta. Una suerte de continuidad los vincula. Mientras soy padre puedo recordarme maestro, aunque no me comporte igual; y tal vez uno y otro, sin perder sus límites, se contaminen un poco [10]. Ambos recuerdan el olor del chocolate en la infancia y el enorme tamaño de aquellos aguacates que siempre traía el abuelo.

Es como Teseo y su barco: por más que cambien las tablas, sigue siendo el mismo. Si esa narrativa de recuerdos se altera —y ya hemos visto que ciertas experiencias traumáticas pueden afectarla—, entonces el vacío es la tierra fértil para el mito de la multiplicidad de personalidades.

Las redes del yo

La neurociencia moderna, a su vez, ilumina de forma fascinante estos procesos. Tres grandes redes cerebrales participan en funciones relacionadas con la experiencia del yo, interactuando unas con otras como en una íntima y precisa coreografía.

Cuando soñamos despiertos o recordamos los más recónditos sucesos de nuestra infancia, cuando nada nos perturba, en ese momento en que solo dejamos que el mundo siga girando en un impreciso punto del universo, suele aumentar la actividad de la red de modo por defecto (DMN, por sus siglas en inglés), un conjunto de regiones cerebrales que participa en procesos como el recuerdo autobiográfico y la reflexión sobre uno mismo, y que contribuye a tender los puentes de nuestra historia personal [11].

A su vez, en el momento en que algún estímulo merece ser atendido, la red de saliencia (SN, por sus siglas en inglés), encargada de detectar y priorizar estímulos relevantes, comprende que ha llegado su turno de entrar al baile. A través de los circuitos neuronales que la integran, participa en la identificación de aquello que merece nuestra atención, incluidos los estímulos emocionalmente importantes. Es una parte de nosotros que ayuda a orientar qué atendemos y qué queda en segundo plano [12].

Por último, a la hora de actuar, de ser quienes somos cuando imprimimos el sello propio a nuestras obras cotidianas, entra en juego la red ejecutiva central (CEN, por sus siglas en inglés). Ella participa en la planificación, la organización y el control de acciones dirigidas a objetivos [13]. Nos permite ser agentes, o, como dice la vox populi, arquitectos de nuestro destino.

Si estas redes interactúan de manera coordinada, contribuyen a mantener una experiencia de continuidad. Pero cuando su funcionamiento se altera, algunos procesos pueden dejar de integrarse de la manera habitual. El continente se divide en islas. Una persona puede experimentar sus acciones como si un otro tomase el control: el relato autobiográfico puede no estar disponible para conectar los pedazos ni para reunir los hechos que formarán futuros recuerdos. Así, no es necesario suponer que alguien invade desde afuera o habita a tu lado entre la sangre y las conexiones que te forman. Pero verte como una sola persona es, en parte, el resultado de procesos que funcionan de manera integrada, más que un don que se nos entrega para siempre y sin esfuerzos. Algo que, por su fragilidad, debe ser en extremo valorado.

Conclusiones

En algún punto de su ensayo La verdad de las mentiras, el Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa afirma que las novelas mienten, pero que, en lo más recóndito de esa mentira, esconden una verdad palpitante. Ello sucede, justamente, porque las novelas —la ficción en general— no nos presentan tal y como somos, sino del modo en que hemos soñado ser.

Si eso, de alguna manera, es cierto, en el caso de las personalidades múltiples hay mucho que aprender: no solo de lo científico, sino también de la parte que corresponde a una suerte de mito moderno.

Lo que la ciencia nos dice es que nuestra experiencia de identidad depende de diversos procesos que deben integrarse a lo largo de la vida para permitirnos sentirnos uno, a pesar de ser arrastrados por múltiples y contradictorias pasiones. Lo que no cuenta el mito, a su vez, es que, aun habiéndolo logrado, nos sentimos insatisfechos. Y si, al final de la tarde, corremos al cine a ver a Sybil o a quienes combaten en El club de la pelea, es porque esas fantasías terminan rellenando los serpenteantes resquicios de nuestra inconformidad.

De cualquier manera, separar el trigo de la paja implica seguir a la ciencia en su luz, sin dejar por ello de disfrutar la fantasía, a condición de no olvidarnos nunca de que lo es. Solo así, entre la razón y el mito, seguimos buscándonos.

Referencias

[1] F. R. Schreiber, Sybil. New York, NY, USA: Henry Regnery Company, 1973. Disponible en: https://www.worldcat.org/search?q=Sybil+Flora+Rheta+Schreiber+1973
[2] D. Nathan, Sybil Exposed: The Extraordinary Story Behind the Famous Multiple Personality Case. New York, NY, USA: Free Press, 2011. Disponible en: https://www.simonandschuster.com/books/Sybil-Exposed/Debbie-Nathan/9781439168288
[3] J.-M. Charcot, Leçons du mardi à la Salpêtrière, vol. 1. Paris, France: Aux bureaux du Progrès médical, 1892. Disponible en: https://archive.org/search?query=Charcot+Le%C3%A7ons+du+mardi+%C3%A0+la+Salp%C3%AAtri%C3%A8re
[4] P. Janet, État mental des hystériques: les stigmates mentaux. Paris, France: Ancienne Librairie Germer Baillière et Cie, 1911. Disponible en: https://archive.org/search?query=Pierre+Janet+%C3%89tat+mental+des+hyst%C3%A9riques
[5] M. Prince, The Dissociation of a Personality: A Biographical Study in Abnormal Psychology. London, UK: Longmans, Green, 1925. Disponible en: https://archive.org/search?query=Morton+Prince+The+Dissociation+of+a+Personality
[6] American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th ed., text rev. Washington, DC, USA: American Psychiatric Association Publishing, 2022. doi: https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787
[7] R. A. Lanius et al., “Functional connectivity of dissociative responses in posttraumatic stress disorder: A functional magnetic resonance imaging investigation,” Biological Psychiatry, vol. 57, no. 8, pp. 873–884, 2005. doi: https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2005.01.011
[8] M. Klein, “Notes on some schizoid mechanisms,” The Journal of Psychotherapy Practice and Research, vol. 5, no. 2, pp. 160–179, 1996. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3330415/
[9] P. M. Bromberg, “Standing in the spaces: The multiplicity of self and the psychoanalytic relationship,” Contemporary Psychoanalysis, vol. 32, no. 4, pp. 509–535, 1996. doi: https://doi.org/10.1080/00107530.1996.10746334
[10] H. Tajfel, Social Identity and Intergroup Relations. Cambridge, UK: Cambridge University Press, 2010. Disponible en: https://www.cambridge.org/core/search?q=Social%20Identity%20and%20Intergroup%20Relations%20Tajfel
[11] E. B.-S. Martín, F. Sáez-Delgado y N. Lepe-Martínez, “El rol predictivo de la red neuronal por defecto sobre la atención sostenida en edades escolares: una revisión sistemática,” Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría, vol. 61, no. 1, pp. 87–97, 2023. doi: https://doi.org/10.4067/S0717-92272023000100087
[12] P. S. Durán, “Alteración de la red de saliencia en el trastorno por estrés postraumático. Una revisión sistemática,” Revista Iberoamericana de Neuropsicología, vol. 5, no. 1, p. 30, 2022. Disponible en: https://neuroplataforma.com/wp-content/uploads/pdf/revista/vol5-2022/vol5-n1-4-2022.pdf
[13] U. León-Domínguez y J. León-Carrión, “Modelo neurofuncional de la conciencia: bases neurofisiológicas y cognitivas,” Revista de Neurología, vol. 69, no. 4, pp. 159–166, 2019. doi: https://doi.org/10.33588/rn.6904.2019072