Cómo la sociedad alimenta a las pandillas
Kevin Iván Olivares Muñoz
Estudiante de Licenciatura en Biotecnología
La afiliación a pandillas y la violencia sigue siendo un gran problema en muchas sociedades, pero
para ofrecer soluciones estratégicas se requiere una buena comprensión de la raíz del problema.
Este problema de estudio fue abordado por académicos de la University of West Georgia en
Estados Unidos [1], quienes argumentan que existen ciertas características a nivel de vecindario que
están relacionadas con los altos índices de criminalidad, como las pobres condiciones de vida,
vivienda poco asequible, el desempleo, la inestabilidad social, un ambiente inseguro y un sistema
educativo deficiente.
Los autores de la investigación sostienen que las políticas federales de vivienda
neoliberales, que actúan en conjunto a los intereses bancarios e inmobiliarios en Estados Unidos,
han contribuido al aumento de la marginación de muchas comunidades, al incremento de las tasas
delictivas y a la proliferación de pandillas.
Según explican los académicos, es precisamente el abandono de las comunidades lo que brinda
las oportunidades para que las pandillas se establezcan en ellas, ofrezcan “protección” a la
comunidad y recluten a jóvenes descontentos a cambio de ingreso, poder y estatus, así como un
sentido de pertenencia.
Así, las personas que crecen en este tipo de entorno, sin importar su raza o color de piel,
en condiciones de inestabilidad social y violencia, desarrollan un sentido de cultura,
comportamientos y normas que difieren del resto de la sociedad. Además, están los ideales a los
cuales se les da una gran importancia, como la identidad compartida, la jerarquía social y la
riqueza, lo que presiona a los jóvenes a cometer actividades ilícitas para alcanzarlas.
Tanto en las escuelas como en la sociedad, se transmiten valores culturales dominantes,
como la responsabilidad individual, el estatus social y la recompensa a largo plazo, lo cuales
chocan con la realidad en la que viven las personas de ingresos bajos. Esta disonancia cultural
conduce a una postura opuesta, por lo que las pandillas son una manifestación de las contradicciones
en los valores culturales.
Por lo tanto, las escuelas o las políticas educativas no pueden resolver por sí solas el
problema de las pandillas, especialmente si se trata de algo que, históricamente, las políticas
económicas han contribuido a crear en primer lugar.
Además, existen otros factores que influyen en la motivación de unirse a pandillas y
cometer crímenes, como las experiencias durante la niñez. Por ejemplo, si la persona sufrió maltrato
o creció en una familia disfuncional, o incluso si tiene problemas genéticos que afectan su
capacidad de regular emociones.
En conclusión, aunque el estudio se llevó a cabo en el contexto de Estados Unidos, muchos
de los factores identificados pueden relacionarse con las condiciones de México y otros países en
desarrollo, como la desigualdad económica, vivienda poco asequible, la inseguridad, la precariedad
de servicios públicos, la calidad educativa y las ideologías. Principalmente, son los barrios
marginados, donde habita la mayor parte de la población vulnerable, los más propensos a involucrarse
con el crimen organizado.
El crimen y la violencia no tienen un origen étnico ni educativo; son una serie de factores
estructurales los que dan lugar a las pandillas o bandas criminales. Por ello, no basta con castigar
a los criminales para erradicar el problema. Este persistirá si no se realizan cambios
macroestructurales para toda la población en materia educativa, de vivienda, servicios públicos y
reducción de la desigualdad económica, con el fin de lograr una sociedad más segura y desarrollada.
Referencias